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Caza

Factor económico de la caza recreativa: qué hay detrás de los 180 mil millones

Por qué los 180.000 millones abarcan todo un mercado de armas, munición y ocio, y por qué de ello no se desprende ninguna justificación para la caza recreativa.

Redacción Wild beim Wild — 22 de septiembre de 2026

La prensa cinegética celebra una cifra.

180.000 millones de euros de actividad económica al año, informa la federación paraguas europea FACE, más de un millón de puestos de trabajo, casi un uno por ciento del producto interior bruto europeo. Algunos países añaden sus propias cifras, Austria, por ejemplo, con casi mil millones. El mensaje que hay detrás es simple: quien mueve tanto dinero debe de estar haciendo algo bueno. Precisamente ahí empieza el error de razonamiento.

Quien lee el estudio y no solo el titular, se da cuenta de cómo se llega a esa cifra. Los 180.000 millones no miden la utilidad de la caza recreativa. Lo que se contabiliza es un complejo muy amplio que incluye la industria civil de armas y munición, la caza, el tiro deportivo, los servicios asociados, las cadenas de suministro y los efectos secundarios modelizados, los llamados "efectos inducidos". El estudio de la Universidad de Urbino no contabiliza, por tanto, lo que aporta la caza recreativa, sino la actividad económica que genera todo un sector de consumo e industria.

Lo endeble que resulta la relación con la caza recreativa en sí lo muestran las cifras detalladas del propio estudio. La industria armamentística propiamente dicha alcanza unos ingresos de 3.270 millones de euros, y la industria de munición, 2.540 millones. Juntas no llegan ni a seis mil millones. La parte con diferencia más voluminosa de la suma celebrada procede de otra partida: los cazadores recreativos y tiradores deportivos de Europa gastan, según FACE, 96.300 millones de euros al año en sus actividades, expresamente sin contar armas ni munición. En esa cifra se incluyen arriendos, equipamiento, óptica, indumentaria, perros, viajes e instalaciones de tiro. Se trata, ante todo, del consumo privado de un grupo de ocio. Reinterpretarlo como justificación social confunde el gasto con la utilidad.

Según esta lógica, cualquier hobby costoso sería un «motor económico». El golf, la vela o el motor deportivo también mueven miles de millones, y nadie deduce de ello una pretensión social especial. Gran parte de este gasto no es una creación de valor nueva, sino consumo que podría fluir igualmente hacia el turismo, la cultura o la artesanía. Del hecho de que se gaste dinero no se deriva ni un beneficio especial para la economía nacional ni una justificación para matar animales.

E incluso si la cifra reflejara una creación de valor claramente delimitada de la caza recreativa, no sería un argumento moral. El tabaco, el juego de azar y el comercio de armas también generan ventas, puestos de trabajo e ingresos fiscales. Nadie los considera por ello justificados. La actividad económica es una descripción, no una legitimación.

Es revelador lo que el estudio explícitamente no ha investigado. Las consecuencias ecológicas y sociales de la caza recreativa quedaron fuera, como reconocen los propios autores. Se contabilizó una sola cara del balance, los ingresos. La otra cara, los costes para los animales salvajes, los ecosistemas y la sociedad en general, ni siquiera se menciona. Eso no es un balance de beneficios. Es un escaparate, elaborado en el entorno de las asociaciones de armas y de caza, y presentado en el marco adecuado del Parlamento Europeo.

Lo interesante, sobre todo, es cuándo surge este argumento. Mientras la caza recreativa pudo venderse como una necesidad ecológica, rara vez se hablaba de rendimiento económico. Solo desde que el mito del cazador conservacionista se desmorona, se invoca la caja registradora como testigo estrella. Es el mismo patrón que describimos con el ejemplo de la caza del zorro: la actividad está fijada, solo la justificación gira. Primero control de plagas, luego tradición, ahora factor económico. La ideología se pone un traje sectario nuevo, esta vez uno empresarial.

La pregunta honesta nunca es si la caza recreativa mueve dinero. Cualquier hobby lo hace. La pregunta es si matar animales por placer necesita siquiera una justificación social, y si precisamente una cifra de facturación puede aportarla. No puede.

«¿Cómo puede conmoverte la muerte de un ser vivo?»

Palabras claras llegan del etólogo tesinés Nash Pettinaroli, presidente de la asociación AnimaLife Ticino. En una entrevista con tio.ch reacciona directamente al presidente de la Federazione Cacciatori Ticinesi (FCT), Davide Corti, quien describe como la experiencia más hermosa de su carrera ver a su hija cobrar una presa. Para Pettinaroli se trata de una contradicción que le lleva a preguntarse si se trata de una broma. Que la muerte de un ser vivo se convierta en algo conmovedor no le cuadra. «¿Cómo puede la muerte de un ser vivo darte alegría? Ahí hay algo que no encaja.»

Pettinaroli no se queda solo en lo emocional. Cada vez más cazadores recreativos exhiben su presa sin vida, en fotos, selfies y estados de WhatsApp, una tendencia que él califica de repugnante. Advierte de una «erosión empática»: comportamientos que en realidad no son normales se van normalizando hasta que, al final, no queda ninguna empatía. La propia caza recreativa no la considera una necesidad ecológica, sino un mero placer que se disfraza con el «cuento» de la regulación del ecosistema.

Por qué el placer de matar no es un motivo de ocio inofensivo

Las personas que sienten placer al matar seres vivos y pagan por ello no muestran, desde el punto de vista psicológico, un comportamiento de ocio normal. Este comportamiento contradice los mecanismos fundamentales de empatía, compasión e inhibición moral presentes en la mayoría de las personas psíquicamente sanas. Psicológicamente se trata de un comportamiento violento desviado, aunque sea tolerado política o culturalmente.

El placer de matar es un rasgo clásico de la violencia basada en el placer. El propio acto de violencia actúa como recompensa: no el resultado, no una supuesta necesidad, sino el hecho de matar. No se trata de un fenómeno marginal, sino de algo claramente descrito en la psicología de la violencia.

No todas las personas que cazan vivirán el acto de matar de la misma manera ni lo describirán abiertamente como placer. Pero quien vive la caza por hobby precisamente como placer de abatir, como adrenalina, triunfo o satisfacción personal, muestra una motivación violenta psicológicamente problemática. Esta se sitúa histórica y estructuralmente cerca de formas de pensamiento autoritarias y degradantes, porque convierte al ser vivo matado en un medio para la propia satisfacción.

Más sobre el tema de la caza de afición: En el dosier Rol y crítica de los cazadores por hobby analizamos la formación, el poder y la autoimagen de los cazadores recreativos. Lo que dice la investigación al respecto lo muestra La caza a examen: el estado de los estudios.

Todos los artículos son redactados por IG Wild beim Wild, así como por coautoras y coautores externos. La investigación, la estructuración y los procesos editoriales pueden contar con el apoyo de herramientas basadas en IA.

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