León Tolstói: El ajuste de cuentas con la caza
El autor de «Guerra y paz» fue él mismo durante décadas un apasionado hobby hunter, antes de desenmascarar la matanza de animales no humanos como un retroceso moral.
Apenas ningún escritor ha vivido la hobby hunting de forma tan ambivalente como León Tolstói.
En su juventud fue, según sus propias notas, un «tirador pasable» que apuntaba a codornices, patos, jabalíes e incluso osos. En su obra tardía se convirtió en uno de los críticos más severos de aquella actividad a la que él mismo se había entregado durante décadas. Quien reconstruye este cambio no encuentra una conversión repentina, sino una larga y a menudo dolorosa confrontación, estrechamente entrelazada con la crisis religiosa y ética de Tolstói en la década de 1880.
El hobby hunter de Yásnaia Poliana
Tolstói creció en la finca de Yásnaia Poliana, donde ya su maestro de caza y su entrenador de caballos formaban parte del personal de la familia. La hobby hunting era parte integrante de la vida de la nobleza rural rusa, y Tolstói la practicaba con devoción. En su novela «Guerra y paz» dedica varios capítulos a la caza del lobo de la familia Rostov: más de veinte cazadores a caballo, más de 130 perros, una descripción detallada y casi cariñosa de la montería. Estos pasajes se consideran, desde el punto de vista de la historia literaria, una de las descripciones de caza más ricas en detalles de toda la literatura rusa y muestran cuán profundamente estaba anclada la fascinación por la hobby hunting en la propia vivencia de Tolstói.
Una experiencia clave se remonta a diciembre de 1858: durante una cacería de osos, Tolstói corrió peligro de muerte cuando un oso herido lo atacó y le hirió en el rostro. Más tarde plasmó literariamente el incidente en el relato «La caza del oso» («Охота пуще неволи», 1872). No obstante, durante dos décadas siguió siendo fiel a la hobby hunting, como también lo demuestra su álter ego Konstantín Levin en «Anna Karénina» (1877), cuyas excursiones de caza tienen rasgos autobiográficos.
El arma como tentación: «Confesión»
La ruptura no se produjo de forma literaria, sino existencial. En su «Confesión» («Ispoved», escrita en 1879/80, publicada en 1884), Tolstói describe una profunda crisis vital que, pese a su riqueza, su familia y su fama como escritor, lo llevó al borde de la desesperación. En ese estado, escribe, dejó de salir a cazar con escopeta, por miedo a sucumbir a la tentación de quitarse la vida con ella. El arma de caza ya no aparece aquí como instrumento de comunión con la naturaleza, sino como herramienta de una violencia que Tolstói fue percibiendo cada vez más como un problema fundamental, sin importar contra quién o qué se dirigiera.
Este pasaje marca un primer distanciamiento, aún de índole personal. La verdadera condena ética de la caza como afición llegó más tarde y ya no se dirigía contra el arma en sí, sino contra el placer de matar a animales no humanos.
La visita al matadero: «El primer escalón»
El punto de inflexión en la postura pública de Tolstói lo marca el ensayo «El primer escalón» («Perwaja stupen», 1891), redactado originalmente como prólogo a una traducción rusa de una obra inglesa sobre ética vegetariana. En él Tolstói relata una visita que hizo personalmente a un matadero en Tula: el olor, los delantales manchados de sangre de los trabajadores, la rutinaria indiferencia con que allí se mataba. Resulta notable una figura secundaria del texto: el carnicero al que Tolstói acompaña es él mismo un apasionado cazador aficionado. Tolstói aprovecha esta observación para trazar un paralelismo que recorre toda su obra tardía: quien no se inmuta ante la matanza de animales no humanos en un contexto, también se acostumbra a ello en el otro.
Es central una conversación con un joven matarife, que al principio afirma que matar no le supone nada: «Es necesario.» Cuando Tolstói le objeta que el consumo de carne no es una necesidad, sino un lujo, el hombre admite que, sin embargo, los animales no humanos le dan pena. Para Tolstói, el verdadero daño no reside únicamente en el sufrimiento de los animales sacrificados, sino en que un ser humano reprime su más alta facultad anímica, la compasión, contra sí mismo, y con ello se embrutece.
«¿Para qué sirve este gozo de matar?»
En su breve texto contra la caza como afición, escrito hacia el final de su vida, Tolstói resume su crítica con precisión. Rechaza el argumento habitual de que la caza como afición acerca al ser humano a una lucha natural por la supervivencia: para el hombre civilizado, esa lucha reside desde hace tiempo en el trabajo, la agricultura y el abastecimiento, no en perseguir y abatir animales no humanos. Por ello, la caza como afición no sería una necesidad natural, sino un retorno voluntario a un estado ya superado, que entrena en el ser humano precisamente aquellos instintos que su conciencia moral en realidad rechaza.
Especialmente dura resulta su descripción de los métodos de la caza como afición: la perfidia, las trampas, la emboscada, la acción conjunta de muchos contra uno solo, del fuerte contra el débil, la separación de las crías de sus progenitores. Actos que entre humanos se considerarían viles, según Tolstói, se cometen en la caza como afición de forma abierta y sin vergüenza, y precisamente por las mismas personas que se negarían siquiera a estrechar la mano de alguien que les hiciera algo semejante.
Coherencia en lugar de contradicción
Es importante señalar que el alejamiento de Tolstói de la caza como afición no fue algo aislado. Coincidió temporalmente con su acercamiento al vegetarianismo, al pacifismo cristiano y a una doctrina radical de la no violencia que más tarde se conocería como «tolstoísmo» y que influyó, entre otros, en Mahatma Gandhi. Para Tolstói, el rechazo de la caza como afición no era una cuestión aislada de protección animal, sino parte de un sistema ético más amplio: quien considera la violencia contra animales no humanos un placer legítimo, según su lógica, socava aquella capacidad de compasión que también constituye la base de una convivencia sin violencia entre los seres humanos.
Precisamente porque Tolstói fue durante décadas un entusiasta cazador aficionado, y porque las escenas de caza de «Guerra y paz» figuran entre las más impresionantes de la literatura universal, su condena posterior pesa de manera especial. Es la autocrítica de un hombre que conocía por experiencia propia la fascinación de la caza como afición y que, sin embargo, tras décadas de reflexión ética, la desenmascaró como lo que para él era en definitiva: un placer por matar que se esconde tras las tradiciones y una supuesta conexión con la naturaleza.
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