Psicología de la caza por afición en el cantón de Lucerna
En el cantón de Lucerna, la caza por cotos funciona como un sistema administrativo que se considera insustituible y que, sin embargo, no aporta pruebas de ello. Bajo el manto de la gestión de cotos, la planificación de abates y un supuesto manejo de la fauna silvestre, se opera un aparato que administra los animales salvajes como un recurso, presenta a los cazadores aficionados como guardianes de la naturaleza y explica a la población que precisamente eso es el manejo moderno de la fauna silvestre. La caza por cotos de Lucerna organiza sus estructuras como una red política que interviene directamente en las revisiones legislativas cantonales.
Lo jurídicamente delicado del caso es lo siguiente: los animales salvajes se consideran legalmente sin dueño, pero la caza por afición sobre ellos se gestiona como un proceso de producción controlable.
Quien incorpora obligaciones de abate en los contratos de arriendo y al mismo tiempo habla de manejo de la fauna silvestre acepta estructuralmente que no sea el estado del ecosistema lo que determine cuándo se ha disparado lo suficiente, sino el grado de cumplimiento de un objetivo administrativo. Eso no es política de fauna silvestre. Es planificación cinegética con un barniz de protección.
Lucerna como caso de contraste: ¿por qué faltan los jabalíes?
El cantón de Lucerna limita con los cantones de Zúrich, Argovia, Berna y Soleura, fuertemente poblados por jabalíes, y aun así en los últimos 20 años no se ha producido realmente una colonización en el cantón de Lucerna, a pesar de que en esos mismos cantones el número de capturas ha aumentado casi en todas partes. Se trata de un hallazgo empíricamente relevante: la mayor presión cinegética en los cantones vecinos no ha reducido las poblaciones de jabalíes, sino que aparentemente las ha desviado o desplazado. Quien tome en serio este hallazgo tendría que cuestionar de raíz la tesis central de la caza por afición, a saber, que más abates regulan las poblaciones.
Pero eso es precisamente lo que no ocurre. Cuando en otoño de 2025 se estableció por primera vez en el Rigi una piara de jabalíes con crías, el Servicio de Agricultura y Bosques reaccionó de inmediato con el reflejo «prevención más caza»; las vallas eléctricas y la caza selectiva se vuelven ahora más importantes que nunca. Nadie se plantea la pregunta de por qué 20 años de intensa caza por afición en los cantones vecinos no han impedido la expansión. Así funciona una administración concebida para la confirmación y no para el conocimiento.
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El lince: una promesa de protección sin sustancia
El número de linces en el cantón de Lucerna está disminuyendo, a pesar de que existen hábitats adecuados. Esta es una de las catástrofes silenciosas de la política de fauna salvaje de Lucerna: un animal estrictamente protegido, por cuya protección el cantón aboga oficialmente, desaparece de un hábitat idóneo, y la administración no lleva a cabo ningún análisis crítico de las causas que resulte perceptible.
Desde un punto de vista psicológico, esta indiferencia revela mucho. Allí donde el lince molesta, porque captura corzos que los hobby hunters reclaman para sí, no es un socio, sino competencia. Una disminución de la población de linces no provoca ninguna reacción de alarma en el entorno cinegético, sino un silencioso alivio. La administración, estrechamente entrelazada con este entorno, no tiene ningún incentivo institucional para declarar a voces este descenso como un problema. Así surge una política de fauna salvaje que sobre el papel protege y en la práctica mira hacia otro lado.
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La caza por cotos como sistema de lealtad
El sistema de caza por cotos en el cantón de Lucerna se basa en contratos de arrendamiento que las sociedades de caza suscriben por periodos de varios años. Esta estructura crea un estrecho entrelazamiento entre la autoridad, los arrendatarios y el lobby de la caza: quien posee el coto tiene también la autoridad interpretativa sobre la población de fauna en la zona. Quien dispara demasiado poco arriesga el contrato de arrendamiento.
Desde el punto de vista psicológico, este es un modelo de insiders clásico: el acceso a los recursos genera lealtad, y la lealtad protege el acceso. Quien no forma parte de ello supuestamente no comprende «la realidad sobre el terreno». La crítica científica, los argumentos de protección animal y las objeciones jurídicas se descartan como opiniones de personas ajenas. Así, un sistema se inmuniza contra la autorreflexión, mientras que al mismo tiempo reclama fondos públicos para la vigilancia de la caza y la gestión de la fauna salvaje que, en realidad, sirven primordialmente para proteger los privilegios cinegéticos.
El lobo llega, el miedo permanece
La ley de caza revisada, en vigor desde el 1 de febrero de 2025, ha otorgado a los cantones más margen de maniobra en cuanto a los abatimientos de lobos. En el cantón de Lucerna, donde hasta ahora el lobo apenas está presente, este margen se explota no obstante políticamente: los llamamientos a una «competencia reguladora» llegan de forma preventiva, antes incluso de que los animales hayan llegado.
Psicológicamente, esta alarma preventiva revela mucho sobre la comprensión del poder que tiene el medio cinegético. El lobo no amenaza principalmente al ganado, amenaza el monopolio de los cazadores aficionados sobre la «gestión» del bosque. Un animal que abate corzos sin permiso ni plan de caza no es un enriquecimiento, sino una competencia. Que una población de lobos funcional pueda, a largo plazo, hacer más sanas las poblaciones de fauna salvaje y más estables los bosques, ni siquiera se contempla en esta lógica.
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El calendario de caza como sistema de desgaste
El calendario de caza de Lucerna 2025/26 abarca especies cazables que van desde el ciervo rojo y el corzo, pasando por el jabalí y la liebre común, hasta el zorro, el tejón, la garduña y la marta, la ardilla y el cormorán. La temporada se extiende, para diversas especies, prácticamente durante todo el año. Lo que se lee como una enumeración objetiva es, en realidad, una licencia para intervenir durante todo el año en la vida de los animales salvajes.
Desde una perspectiva ética animal, la mera amplitud de esta lista es notable. Especies que no se encuentran en ninguna situación de crisis ecológica, que no son percibidas socialmente como plagas y para cuya caza no existe justificación científica alguna, figuran en pie de igualdad junto a especies para las que existen, al menos, argumentos rudimentarios de regulación. El calendario de caza no es una herramienta de la ecología. Es un documento de la cultura de pretensiones cinegéticas.
Lucerna como espejo de una naturaleza administrada
La psicología de la caza de afición en el cantón de Lucerna no es un caso particular local, sino un ejemplo de cómo la caza por cotos, la lealtad administrativa y el medio cinegético forman una alianza que se inmuniza contra la evidencia científica y la crítica social. El retroceso del lince, la ausencia de colonización por jabalíes pese a la presión cinegética en los cantones vecinos y el alarmismo preventivo frente al lobo componen una imagen: aquí no se administra la naturaleza, se defiende un privilegio.
Donde la ciencia, la ética animal y el control democrático se tomaran en serio, este sistema tendría que ser cuestionado de raíz. En su lugar, se defiende con lenguaje administrativo, mentalidad de coto y la siempre idéntica afirmación de que, sin los hobby hunters, la naturaleza colapsaría. Una opinión pública responsable comprende estos mecanismos y exige una gestión de la fauna salvaje que no trate a los animales como blancos de un pasatiempo, sino como criaturas con las que compartimos un mismo hábitat.
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