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Psicología y caza

El placer de matar no es un comportamiento normal

Desde el punto de vista psicológico, el placer de matar seres vivos no es un comportamiento de ocio normal.

Redacción Wild beim Wild — 12 de enero de 2026

Independientemente de que una acción esté permitida por la ley, sea una tradición cultural o esté legitimada políticamente, matar por placer contradice los mecanismos emocionales de protección fundamentales que operan en la gran mayoría de las personas psíquicamente sanas.

La psicología no define la normalidad a través de las mayorías, las relaciones de poder o las situaciones jurídicas, sino a través de la capacidad de empatía, las inhibiciones frente a la violencia y la capacidad de percibir el sufrimiento como moralmente relevante.

Cuando las personas experimentan el acto de matar como emocionante, satisfactorio o emocionalmente gratificante, e incluso dedican tiempo y dinero a ello, se trata, desde el punto de vista psicológico, de violencia basada en el placer. En este caso, matar no es un medio para un fin, sino un fin en sí mismo. El beneficio emocional surge del propio acto de violencia, en el momento del control, de la persecución, del miedo de la víctima y en el instante final de la muerte. Tales motivaciones están claramente descritas en la psicología de la violencia y se consideran sumamente problemáticas, independientemente de contra quién se dirija la violencia.

Para que el placer de matar sea siquiera posible, deben quedar anulados procesos empáticos centrales. La percepción del miedo, la compasión por el sufrimiento y las inhibiciones internas frente a la violencia irreversible quedan o bien activamente suprimidas, o bien atenuadas por la habituación y la exposición repetida. En psicología se habla aquí de un déficit funcional de empatía. No se trata necesariamente de una total falta de sentimientos, sino de una desactivación selectiva de la compasión hacia determinados seres vivos, definidos como de menor valor o no merecedores de protección.

En este contexto también resulta relevante el concepto de sadismo, no en el sentido sexualizado, sino en el sentido psicológico general. El sadismo no sexual describe la activación emocional y la satisfacción derivadas del poder sobre un ser inferior, que huye o que sufre. Cuando se describe el acto de matar como un subidón, una experiencia o un momento gratificante, los componentes sádicos no pueden negarse desde el punto de vista profesional. Se trata de la descripción de patrones motivacionales, tal como se han investigado durante décadas en la investigación sobre la personalidad y la violencia.

Un mecanismo central es la deshumanización ideológica de los seres vivos. Los seres vivos se clasifican lingüística y mentalmente en categorías, por ejemplo como dañinos, sin valor, problemáticos o necesitados de regulación. Tales conceptos no son descripciones neutrales, sino herramientas psicológicas para la exclusión moral. Mediante esta categorización, la víctima queda excluida del círculo de seres moralmente relevantes. La violencia deja así de vivirse como violencia, y pasa a percibirse como un acto de orden, un deber o incluso como un acto moralmente correcto.

Esta estructura de pensamiento está bien documentada históricamente. La división de los seres vivos en grupos valiosos e indignos, la atribución de nocividad como motivo para matar y la desinhibición moral mediante la legitimación estatal o cultural son elementos centrales de las ideologías autoritarias de la violencia. La comparación con ejemplos históricos como el nacionalsocialismo no se refiere a una equiparación de los hechos, sino a la estructura psicológica del pensamiento. La desvalorización, la categorización y la exclusión moral siguen los mismos patrones, con independencia de contra quién se dirijan.

La aceptación de la violencia letal contra seres vivos definidos como inferiores suele ir acompañada de una visión del mundo autoritaria y orientada a la dominación. El orden, el control, la jerarquía y la erradicación se perciben como legítimos o necesarios. Desde la psicología social, esta orientación se asocia con una menor empatía, una mayor aceptación de la violencia y una fuerte desvalorización de los más débiles. Que tales actitudes ganen influencia política o estén consagradas en la ley no dice nada sobre su salud psíquica, sino que simplemente explica su imposición social.

En resumen, se puede afirmar lo siguiente: el placer por matar seres vivos debe clasificarse psicológicamente como violencia basada en el placer. Presupone una reducción de la empatía, una pérdida de inhibiciones, componentes motivacionales sádicos y una despersonalización ideológica de lo vivo. Aunque tales prácticas sean toleradas socialmente o permitidas legalmente, siguen siendo expresión de un motivo violento problemático.

La psicología no existe para legitimar relaciones de poder, sino para clasificar comportamientos. Y desde esta perspectiva, matar por placer en la caza por afición no es un pasatiempo inofensivo, sino una clara señal de una relación perturbada con la compasión, la moral y la violencia.

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