Una jabalina con GPS delató a los jabalíes: un cazador aficionado mató de un disparo a un colega
En el bosque vodés de Oulens-sous-Échallens, los jabalíes solo fueron localizados gracias a un emisor GPS colocado en una jabalina, que el guarda de caza cantonal puso a disposición de los cazadores aficionados. Un expresidente de Diana-Vaud de 80 años efectuó entonces disparos de batida prohibidos contra el zarzal y mató a un colega de 64 años.
El 29 de noviembre de 2024, seis cazadores aficionados se reunieron en el Gros-de-Vaud para cazar jabalíes.
Un primer acecho en la zona de Daillens no había dado fruto. A primera hora de la tarde, el grupo se trasladó a Oulens-sous-Échallens, donde se habían avistado jabalíes. El guarda de caza había proporcionado la información: a una jabalina de la piara se le había colocado un collar GPS que delataba su paradero. Poco después, un cazador aficionado de 64 años, del cantón de Friburgo, estaba muerto, alcanzado en la cabeza por un «disparo de ahuyentamiento» prohibido de un colega de 80 años.
El verdadero escándalo: equipar a animales salvajes con emisores para matarlos más fácilmente
El equipamiento de animales salvajes con GPS es originalmente un instrumento de la investigación de fauna salvaje. Institutos como KORA emplean collares emisores para registrar científicamente patrones de movimiento, uso del hábitat y dinámicas poblacionales. Pero cuando las autoridades transmiten tales datos directamente a grupos de cazadores aficionados para que estos puedan rastrear y abatir una piara de forma selectiva, la investigación se reconvierte en un instrumento de persecución.
En el caso de Oulens-sous-Échallens, el guarda de caza entregó a los cazadores aficionados la ubicación de los animales porque una jabalina llevaba un emisor. No fue, pues, la destreza cinegética, el acecho paciente ni la lectura de rastros lo que encontró a los jabalíes, sino una señal de satélite procedente de un collar que la jabalina se veía obligada a llevar consigo. Los animales no tenían nada que oponer a esta vigilancia tecnológica. Se retiraron, como hacen los animales salvajes, a un denso zarzal, un refugio inaccesible para las personas. Y fue precisamente hasta allí donde se les siguió el rastro a través de sus jabalinas líderes provistas de emisores.
Esta práctica no tiene nada que ver con la caza tradicional. Convierte a los animales salvajes en puntos de datos y a los cazadores aficionados en receptores que solo tienen que seguir la señal. Revela comodidad e incapacidad, no destreza cinegética. Y viola el espíritu del artículo 51 de la Ley de Caza y Pesca del cantón de Vaud, que prohíbe el uso de medios artificiales para rastrear o atraer a la caza, incluso cuando el marcaje radioeléctrico oficial pueda declararse formalmente como «monitoreo».
Tres artículos de ley quebrantados de un solo golpe
Cuando la piara marcada quedó atrapada en un denso matorral de zarzas sobre una colina y el perro del hombre de 80 años tampoco regresó de la maleza, este decidió ahuyentar a la caza con disparos para proteger a su perro. En el pasado ya había perdido perros de caza durante cacerías de jabalíes. Esta decisión violó tres disposiciones de la Ley cantonal de Caza y Pesca a la vez:
- El artículo 49 exige que el animal apuntado sea identificado inequívocamente antes del disparo y que el disparo no ponga en peligro a nadie, ni directa ni indirectamente.
- El artículo 51, apartado 1, prohíbe los medios artificiales para ahuyentar o atraer a la caza.
- El artículo 46 prohíbe expresamente realizar disparos para espantar a la caza. El acusado conocía esta disposición.
El hombre de 80 años efectuó de todos modos dos disparos en dirección al suelo, sin mirar a través de su mira telescópica, sin poder ver qué había detrás o dentro de las zarzas y sin reconocer a los propios animales salvajes. A ello se sumó un fallo técnico: el ángulo entre el cañón y el suelo era de 6,3°. Sin embargo, las recomendaciones de la autoridad de caza suiza exigen al menos 10° para que un disparo al suelo quede efectivamente clavado en la tierra y no sea desviado. Uno de los dos disparos alcanzó mortalmente en la cabeza al cazador aficionado de 64 años procedente de Friburgo, que estaba posicionado como tirador por debajo de la colina.
El papel de la autoridad: cuando el guardabosques se convierte en proveedor
El verdadero escándalo sistémico no reside únicamente en el tirador individual, sino en la imbricación entre la guardia de fauna cantonal y la asociación de caza de aficionados. El guardafauna que había proporcionado los datos GPS de la jabalina equipada con collar es una persona del servicio cantonal. Entregó esta información a un grupo de hobby hunters privados, uno de los cuales era expresidente de la asociación cantonal de caza Diana Vaud y exconcejal municipal. La proximidad personal e institucional entre los funcionarios de la asociación y la guardia de fauna es la regla, no la excepción, en los cantones de caza por patente.
Esto plantea cuestiones fundamentales: ¿qué base jurídica existe en el cantón de Vaud para que la autoridad coloque collares a los jabalíes? ¿Se transmiten sistemáticamente los datos de movimiento de estos emisores a los grupos de hobby hunting para poder «extraer» poblaciones con mayor facilidad? ¿Cuántos animales salvajes en el cantón llevan actualmente emisores cuyos datos se utilizan en contextos de hobby hunting? ¿Y cómo se relaciona esta práctica con el artículo 51 de la ley cantonal, que prohíbe los medios auxiliares artificiales para localizar la fauna?
Estas preguntas no se han planteado en la cobertura mediática hasta ahora. Sin embargo, son centrales para situar políticamente el caso de Oulens-sous-Échallens.
Dimensión de la legislación sobre protección animal: estrés, separación de los jabatos, balas perdidas
Incluso si el disparo mortal no hubiera alcanzado al hobby hunter de 64 años, la práctica habría sido contraria a la protección animal. El artículo 4 de la Ley de Protección de los Animales (LPA) prohíbe causar a un animal dolor, sufrimiento o daño de manera injustificada. Los disparos hacia una espesura en la que se oculta una jabalina con potenciales jabatos cumplen estructuralmente este supuesto: los animales salvajes entran en pánico, pueden ser heridos sin que se les dé seguimiento, las jabalinas pueden ser separadas de sus jabatos y las balas perdidas pueden alcanzar a animales no apuntados.
A esto se añade el aspecto ético del propio uso de collares. Los animales salvajes se capturan, se anestesian y se les coloca un collar con fines de investigación. Esta intervención es justificable en el contexto de la investigación si sirve a un objetivo científico claro y se realiza con cuidado. No obstante, cuando los datos así obtenidos se utilizan para abatir posteriormente a los animales de forma más selectiva, la intervención original se convierte retrospectivamente en una forma de traición: el animal fue marcado confiando en un acompañamiento científico y acaba siendo un blanco rastreable.
Fecha del juicio: 21 de mayo de 2026 en Yverdon-les-Bains
El juicio contra el cazador aficionado de 80 años se celebrará el 21 de mayo de 2026 ante el Tribunal de Distrito de Broye y Norte de Vaud en Yverdon-les-Bains. La fiscalía solicita diez meses de pena privativa de libertad, suspendida con un periodo de prueba de dos años, una multa de 2’000 francos (convertible en 20 días de prisión), una prohibición de cazar durante cuatro años, así como 74’439 francos de indemnización a la familia del cazador aficionado fallecido. El acusado ha admitido los hechos, ha renunciado a presentar recurso y se beneficia de un procedimiento simplificado. Recibe atención psicológica, ha entregado voluntariamente su licencia de caza y sus armas fueron incautadas por riesgo de suicidio.
El modelo de Ginebra: sin caza de afición, sin muertos, sin escándalos de transmisores
En 1974, el cantón de Ginebra abolió la caza de afición mediante referéndum popular. La regulación de la fauna silvestre la asumen guardas de caza empleados por el cantón. Accidentes mortales por disparo como el de Oulens-sous-Échallens están descartados en Ginebra desde hace más de cincuenta años, porque no hay grupos de cazadores aficionados privados que recorran colectivamente terrenos intransitables con armas largas. Tampoco se produce una situación en la que los guardas de caza transmitan datos GPS de animales salvajes con transmisores a grupos privados de caza de afición.
El modelo de Ginebra demuestra que la regulación de la fauna silvestre es posible sin caza de afición, más segura para las personas y más transparente, porque la guardería profesional de fauna está sujeta a la supervisión estatal y no a la dinámica de las asociaciones. Quien tras cada incidente mortal reclama de forma refleja «más formación» ignora la alternativa estructural.
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