Un místico sobre la caza y el poder
Por qué un maestro espiritual consideraba al cazador recreativo y al político como síntomas de la misma enfermedad interior
Un maestro espiritual que fundó en el siglo XX un movimiento de fama mundial se pronunció en repetidas ocasiones con dureza sobre dos figuras a las que consideraba síntomas de la misma enfermedad interior: el cazador recreativo y el político.
Ambos, según su tesis, buscarían poder sobre otros seres vivos porque les falta el acceso a su propia consciencia.
El cazador recreativo como cobarde
En una conferencia muy citada, el maestro relata un encuentro con un cazador recreativo al que pregunta por qué mata, si hay alimento suficiente. Rechaza la respuesta «es un juego», porque el animal nunca dio su consentimiento a las reglas de ese supuesto juego. Califica de cobarde que el cazador recreativo se esconda detrás de un árbol y dispare con el rifle desde una distancia segura, mientras el animal no tiene ninguna posibilidad de defenderse. «Eres un cobarde, incluso con tu arma», según su formulación.
Para él, la caza no es señal de fuerza, sino la expresión de un afán destructivo inconsciente e innato que el ser humano lleva consigo, como un niño que aplasta hormigas sin motivo alguno. Decisiva es su afirmación de que todo acto de matar convierte el propio corazón «en piedra», y un corazón de piedra impide el crecimiento espiritual, porque bloquea el acceso al propio ser. El bien y el mal no los define a través de la religión o la ley, sino a través de la consciencia: todo lo que obstaculiza el desarrollo de la consciencia es «pecado», todo lo que lo favorece es «virtud». Dado que, según su lógica, matar a un animal bloquea la toma de consciencia, la caza de afición cae para él claramente en la categoría de lo éticamente reprobable.
Esta valoración coincide con observaciones documentadas en nuestra plataforma desde una perspectiva psicológica. Más al respecto en nuestro artículo Los cazadores recreativos en el psicoanálisis.
El político como espíritu enfermo
Aún más duro es su juicio sobre los políticos. Los califica literalmente de «enfermos mentales» y de padecer un complejo de inferioridad que intentan compensar mediante la búsqueda del poder. Para él, la política no es «más que un juego del ego», y la humanidad es víctima de buscadores de poder cuya única ambición vital es su propio ego.
Especialmente elocuente es su imagen del árbol: quien poda las hojas no cambia nada, hay que ir a las raíces, pero precisamente allí se encuentran firmemente arraigados los políticos, las religiones organizadas y los viejos esquemas de pensamiento. Por eso, según su convicción, ningún político podrá ser jamás revolucionario ni radical, ya que «radical» significa literalmente «relativo a las raíces». El político, en cambio, sólo poda hojas, mientras que la verdadera radicalidad sólo puede alcanzarse mediante la iluminación y la meditación.
Llegó incluso a afirmar que nunca ha existido un político iluminado, porque la dimensión de la política se opone fundamentalmente a la iluminación. Un político es, por definición, un oportunista sin principios reales, que sólo habla de principios para engañar a la gente. El poder mismo lo describe como la adicción de los inconscientes: «Ninguna persona creativa e inteligente busca el poder. Ninguna persona inteligente tiene interés en dominar a los demás.»
La alianza entre sacerdotes y políticos
Un motivo central de su crítica es la tesis de una complicidad tácita entre los poderosos religiosos y los políticos. Ambos se habrían repartido el mundo: la vida terrenal pertenece al político, la vida interior al sacerdote, y ambos se apoyan mutuamente para mantener a las personas en la dependencia. «Los sacerdotes y los políticos siempre han estado conspirando contra la humanidad», se lee en sus escritos, «se han repartido las cosas entre ellos.»
Esta conexión entre la crítica a la caza y la crítica al poder no es casual en él: ambas actitudes nacen de la misma convicción de fondo, según la cual el dominio sobre seres vivos más débiles, ya sean animales o personas, es señal de un miedo inconsciente y no de fortaleza. Quien desarrolla consciencia, según su mensaje, llega un momento en que no necesita ni arma ni cargo para sentirse a sí mismo.
Esta perspectiva se inscribe en una larga tradición de voces críticas con la caza, de Kant a Jane Goodall. Una amplia recopilación de estas voces se encuentra en nuestro artículo «Citas sobre la caza».
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