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Caza

El inspector de fauna de Ginebra, Dandliker, desenmascara el argumento de la patente

Cuando el lobby de la caza por afición en Suiza defiende su existencia, tarde o temprano sale a relucir un argumento concreto: «Nosotros pagamos patentes, nos financiamos a nosotros mismos.» El inspector de fauna de Ginebra, Gottlieb Dandliker, ya desmontó este argumento en 2013 con una sola frase, en una conferencia en la Universidad de Basilea. Y no mediante la polémica, sino mediante la sobria contabilidad administrativa.

Redacción Wild beim Wild — 9 de mayo de 2026
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Dandliker, inspector de fauna del cantón de Ginebra desde 2001, es biólogo, antiguo colaborador de varias ONG de protección de la naturaleza, y no un activista. Su conclusión tras cuatro décadas de prohibición de la caza es objetiva y notable.

En total, el cantón debe destinar 1,2 millones de francos al año para la gestión de la fauna salvaje, lo que equivale a una taza de café por habitante al año o a un 3 por ciento de la subvención a la agricultura. En comparación, la pesca costaría considerablemente más, a pesar de que ahí se venden licencias.

Y en otro pasaje: la organización de una caza con patente costaría más que la regulación del jabalí.

Estas dos frases son demoledoras, porque invalidan en dos pasos el argumento central de defensa de la caza por afición.

Paso uno: las patentes no cubren los costes

La idea de que los cazadores y pescadores por afición «financian ellos mismos» su afición se basa en una simple confusión. Las patentes cubren una fracción de los costes administrativos, de supervisión, de daños y derivados. Son una tasa por el permiso, no una contribución a los costes totales.

Dandliker lo demuestra con el ejemplo de la pesca ginebrina. Esta vende licencias y, sin embargo, resulta más cara para el cantón que el modelo ginebrino sin caza por afición. ¿Por qué? Porque una actividad de afición gestionada mediante patentes requiere supervisión, gestión de poblaciones, medidas de repoblación, conservación, resolución de conflictos, recopilación de datos y aparatos administrativos, cuyos costes superan regularmente los ingresos por patentes. Lo que el cantón ingresa por las licencias lo vuelve a gastar en personal, en la regulación de daños y en el apoyo a las poblaciones, además de un claro déficit.

Paso dos: una caza con patente sería más cara que el actual modelo ginebrino

La segunda frase es aún más decisiva. Dandliker lo dice con toda claridad: si Ginebra convirtiera su regulación de jabalíes en una caza con licencia regular, como es habitual en la mayoría de los demás cantones, eso le costaría al cantón más, no menos. A pesar de los ingresos por licencias.

La razón radica en la estructura: una caza con licencia requiere trabajo administrativo (concesiones de arrendamiento, división de cotos, comisiones de daños por fauna, resolución de conflictos), formación y sistema de exámenes, indemnizaciones por daños de fauna con sólo una participación parcial de los hobby hunters, control intensivo de los hobby hunters por parte de los guardas de fauna estatales, gestión de conflictos entre sociedades arrendatarias, guardabosques y agricultores. Si volvieran a actuar aficionados dudosos en la gestión de fauna salvaje, los costes tampoco serían menores, ya que, como en los demás cantones, tendrían que ser supervisados y controlados de forma intensiva.

En otras palabras: los hobby hunters no son, en el presupuesto público, el factor de alivio que les gusta presentar. Son el factor que dispara los costes.

Por qué esto también afecta a la pesca

El argumento de la licencia es tan endeble en la pesca de afición como en la caza de afición. Los cantones llevan a cabo costosos censos de poblaciones, piscifactorías y medidas de repoblación, financian proyectos de renaturalización, ayudas a la migración, monitorización de la temperatura del agua, controles de enfermedades como la PKD y se ocupan de los conflictos entre la pesca deportiva y la protección de la naturaleza. También aquí se aplica el sobrio balance de Dandliker: los ingresos por licencias no cubren regularmente los costes administrativos y derivados. El contribuyente subvenciona un hobby que se presenta como autofinanciado.

A esto se añaden costes ecológicos derivados que rara vez se mencionan. Los peces de repoblación, a menudo procedentes de piscifactorías, debilitan la diversidad genética de las poblaciones salvajes, lo que a su vez hace necesarios programas estatales de renaturalización. Los plomos de pesca con plomo contaminan las aguas y las aves y generan costes de saneamiento en zonas protegidas. El lobby de la pesca reclama excepciones a la protección del cormorán y de la nutria, lo que de nuevo requiere administración estatal, estudios y gestión de conflictos.

El patrón es siempre el mismo

Quien ha empezado una vez a administrar hobbies mediante licencias ya no consigue salir de la espiral de subvenciones. Los ingresos por licencias parecen, de cara al exterior, una autofinanciación, pero internamente sólo cubren una fracción de los verdaderos costes totales. La diferencia la asume la colectividad, siempre.

Ginebra extrajo una consecuencia inusual de esta constatación. En lo referente a la caza como afición, el cantón tiró del freno de emergencia en 1974. La población decidió por referéndum la prohibición de la caza. La pesca, en cambio, continúa con el modelo clásico de licencias, con las consecuencias señaladas abiertamente por Dandliker: cuesta al cantón más de lo que aporta.

Quien hace cuentas con honestidad llega a una conclusión clara: el modelo de licencias no es rentable para el Estado en ningún ámbito en el que surjan costes ecológicos derivados, vigilancia, regulación de daños y gestión de poblaciones. Ginebra eligió la variante más barata en cuanto a la caza como afición: sin concesión de licencias, una pequeña guardería de fauna profesional, prevención y regulación de daños en manos del Estado. Dandliker ve el método actual como la alternativa más barata para el cantón y, a largo plazo, financieramente sostenible sin complicaciones.

Lo que esto significa para el debate nacional

Si en el futuro las asociaciones de caza como afición en Suiza vuelven a operar con el argumento de las licencias, la respuesta debería ser sencilla: «Eso no es cierto», y desde hace más de una década lo sabe cualquier inspector de fauna que haga cuentas con honestidad. Las licencias no cubren los costes. Son un instrumento de imagen, no un modelo de financiación.

De ahí se derivan tres consecuencias.

Primera: cálculo de costes totales. Cada cantón debería estar obligado a revelar una vez al año los costes totales de la caza como afición. Los ingresos por licencias, los cánones de arrendamiento y las tasas de licencia de la pesca como afición se contraponen a los costes de administración, guardas de fauna, daños, bosque protector, daños de tráfico y regulación de predadores. Este balance debe ser público.

Segunda: principio de quien contamina paga. Allí donde la caza como afición produce demostrablemente costes derivados, por ejemplo a través de poblaciones que ha generado durante décadas o mediante bloqueos políticos contra los predadores, las asociaciones deben ser obligadas a pagar la parte proporcional, no el presupuesto fiscal general.

Tercera: cambio de modelo como opción. Ginebra demuestra desde 1974 que una guardería de fauna estatal profesional sin caza como afición puede resultar más económica que el modelo clásico de licencias. Esta constatación merece un debate político serio, y no el reflejo de minimización por parte de las asociaciones.

Conclusión

La comparación sobria de Dandliker entre el modelo ginebrino de caza por hobby y la pesca ginebrina es uno de los argumentos más eficaces de todo el debate, precisamente porque está formulado de manera tan serena. Las licencias no son autofinanciación, son una tasa. El cálculo de costes totales lo asume el cantón, es decir, el contribuyente. Una actividad de hobby que conlleva supervisión estatal, regulación de daños y gestión de poblaciones nunca puede cubrir sus costes mediante licencias, porque la lógica de estos hobbies se basa precisamente en que la colectividad asume las consecuencias.

Así que quien la próxima vez oiga que la caza por hobby «se paga a sí misma» puede remitirse tranquilamente a Ginebra. Allí, un inspector de fauna con cuatro décadas de experiencia ya enterró hace tiempo este mito. Sería hora de que el resto de Suiza preste atención.

Más sobre el tema de la caza por hobby: En nuestro Dossier sobre la caza reunimos verificaciones de hechos, análisis e informes de fondo.

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