De nuevo un cazador aficionado en fase terminal mata a personas
El 22 de febrero de 2026, la policía descubrió cuatro cadáveres en una vivienda de Strullendorf, cerca de Bamberg. Según las investigaciones realizadas hasta ahora por la Fiscalía de Bamberg y la Jefatura de Policía de la Alta Franconia, un hombre de 52 años habría disparado contra su esposa y sus dos hijos antes de suicidarse. El hombre era cazador aficionado y poseía varias armas de fuego de forma legal. Lo que la opinión pública despacha como un «drama familiar» es para la IG Wild beim Wild Wildbeimwild.com un síntoma más de un fallo sistémico que ya no se puede seguir ignorando.
En noviembre de 2025, un cazador aficionado en Reutlingen también disparó contra su familia.
Estos casos no aparecen en ninguna estadística oficial de accidentes de caza, porque se tramitan como delitos y no como accidentes de caza. Ni las asociaciones de caza ni las autoridades ni la Oficina Federal de Estadística llevan un registro completo de cuántas personas resultan heridas o muertas por armas de caza. Este punto ciego estadístico es en sí mismo un problema político: donde faltan datos, falta también presión para que haya consecuencias.
La edad como riesgo de seguridad subestimado
El grupo de edad más numeroso entre las cazadoras y los cazadores aficionados en Alemania es hoy el de más de 50 años. En este grupo aumentan estadísticamente de forma notable las limitaciones propias de la edad, como la disminución de la capacidad visual, la ralentización de los tiempos de reacción, las dificultades de concentración y los déficits cognitivos. La edad media de los cazadores aficionados alemanes ya era de 56 años en 2022, según la Asociación Alemana de Caza, mientras que actualmente hay registrados en Alemania unos 467’682 titulares de licencia de caza. A modo de comparación: para los soldados y las fuerzas policiales existen límites de edad claros para el manejo de armas de servicio. Para los cazadores aficionados esto sigue sin aplicarse hasta hoy.
Las crónicas de accidentes de caza documentan una y otra vez a autores de edad avanzada: un cazador aficionado de 83 años hirió de gravedad en la cabeza a un compañero de caza con un rebote en Lippstadt en 2023, un cazador aficionado de 81 años murió en 2017 durante una batida en el Harz en circunstancias no esclarecidas, un cazador aficionado de 86 años disparó en 2017 a su esposa y a sí mismo. Estas noticias no son casos aislados. Siguen un patrón.
El modelo neerlandés como referencia
Los Países Bajos han reaccionado con coherencia: el Ministerio de Justicia y Seguridad introdujo el llamado «E-Screener», un test psicológico digital con 100 preguntas de sí o no que deben superar todos los titulares de licencias de caza y de armas. Los mayores de 60 años y los menores de 25 años fueron sometidos a la prueba de forma prioritaria. El resultado fue inequívoco: ya en el primer mes tras su introducción, la policía retiró la licencia de caza y las armas a un «número relativamente alto» de cazadoras y cazadores aficionados. PETA documenta que alrededor del 25 por ciento de los cazadores aficionados sometidos a la prueba perdieron su licencia de caza. Esto demuestra: una proporción considerable de cazadoras y cazadores aficionados en activo nunca debería haber conservado las armas.
Por ello, la IG Wild beim Wild exige dictámenes médico-psicológicos de aptitud anuales siguiendo este ejemplo, así como un límite de edad vinculante para los cazadores aficionados. Quien maneja armas letales en el espacio público debe demostrar de forma continua que está física y psíquicamente capacitado para ello. Esto no es discriminación. Es un estándar mínimo.
«Legal» no es un cheque en blanco
La legislación alemana sobre armas prevé comprobaciones de fiabilidad, pero estas comprobaciones suelen ser únicas y no gestionan una evolución dinámica del riesgo. Lo que formalmente se considera «fiable» no coincide necesariamente con el estado psíquico o físico real en el día a día. Del permiso conforme a la legislación sobre armas no se deriva una inocuidad permanente. Es un diagnóstico inicial, no un certificado perpetuo.
Ni los cambios cognitivos progresivos, ni un conflicto de pareja que se intensifica, ni una tendencia suicida incipiente se detectan mediante una comprobación única. Mientras el sistema siga así, seguirá también ciego ante la próxima tragedia.
Lo que es diferente en el cerebro de las personas violentas
Neuropsicólogas y neuropsicólogos confirman: la amígdala, también llamada cuerpo amigdalino, es aquella región cerebral que evalúa las emociones, reconoce los peligros y en cuestión de milisegundos proporciona una valoración de si una situación requiere compasión, retirada o alarma. En personas con tendencia a la violencia proactiva, es decir, violencia planificada y no impulsiva, la amígdala reacciona a menudo con una intensidad inferior a la media. El sufrimiento ajeno tiende a dejar indiferentes a estas personas. Una capacidad reducida de participar emocionalmente en el sufrimiento ajeno se considera uno de los principales rasgos distintivos de las personalidades de tendencia psicopática.
Los estudios de neuroimagen con resonancia magnética funcional (RMf) muestran de forma constante en personas psicópatas un volumen reducido de la amígdala y patrones de activación anómalos. Estas anomalías conducen a una capacidad de respuesta emocional limitada, una empatía deteriorada y una capacidad reducida de sentir miedo o culpa. Si el cuerpo amigdalino está funcionalmente alterado o atrofiado, desaparecen también las barreras de inhibición básicas, entre ellas la sensación de repugnancia ante la lesión y la muerte.
Quien mata con regularidad y lo enmarca como un pasatiempo de ocio, entrena precisamente esa indiferencia que la neurociencia describe como una señal de riesgo. La pregunta que la sociedad debe plantearse no es: «¿Cuán malvado debe ser alguien para convertirse en un peligro?», sino: «¿Qué práctica normaliza la violencia hasta tal punto que las barreras de inhibición neurobiológicas se rebajan sistemáticamente?»
El especismo como fundamento de la caza de hobby
Detrás de cada licencia de caza hay también una decisión ética fundamental: que la vida de los animales no humanos cuenta menos. La IG Wild beim Wild lo llama por su nombre: la caza de hobby se basa en el especismo, en la devaluación sistemática de los animales no humanos únicamente por su pertenencia a una especie. El especismo es estructuralmente comparable al racismo o al sexismo y no puede justificarse de forma duradera ni cultural ni éticamente. La tradición no sustituye al examen moral.
Precisamente porque la caza de hobby es un campo atravesado por relatos edulcorados, verdades a medias y desinformación dirigida, se necesitan transparencia, hechos verificables y un debate social abierto. Allí donde se normaliza la violencia, los relatos sirven para justificarla. Los informes periódicos sobre accidentes de caza, actos negligentes letales y el uso indebido de armas de caza dejan claro: una práctica que se basa en matar voluntariamente y que, al mismo tiempo, genera riesgos considerables para personas y animales pierde su legitimidad social.
Más sobre esto en el dosier: Psicología de la caza
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