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Medio ambiente & Protección de la naturaleza

Animales salvajes como chivos expiatorios: Qué enferma los bosques de Francia

Un nuevo informe estatal francés exige un «choque regulatorio» contra ciervos, corzos y jabalíes, pero un contraanálisis demuestra que las verdaderas causas de la muerte de los bosques residen en la silvicultura industrial, la fragmentación de los hábitats y el régimen de perturbaciones de la caza por afición.

Redacción Wild beim Wild — 15 de mayo de 2026
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El informe conjunto del Estado y la ONF para el periodo de 2026 a 2030 explica la crisis de los bosques franceses sobre todo por el cambio climático y una supuesta sobrepoblación de ungulados salvajes.

El análisis del «Collectif pour un Equilibre Forestier Naturel» lo contradice: no son los animales salvajes los que enferman los bosques, sino los monocultivos, las talas rasas, las intervenciones drásticas en los suelos y una práctica cinegética que en sí misma genera nuevos daños.

El informe y su sesgo

El informe CGAAER n° 24100 y el informe IGEDD n° 015934-01 se leen a primera vista como un sobrio documento administrativo, pero su orientación política es clara. Apuestan por un «choc de régulation des ongulés sauvages», es decir, por abatimientos masivamente reforzados hasta llegar a la erradicación local. Al mismo tiempo, el Comité Técnico Nacional designado para el «equilibrio silvo-cinegético» trabaja con una llamativa parcialidad, porque las organizaciones de protección de la naturaleza y la ciencia independiente no están representadas en él.

El contraanálisis convierte esto en una crítica sistémica: quien considera el bosque únicamente como espacio de producción y a los animales salvajes solo como factor perturbador, genera precisamente aquella mala gestión que más tarde presenta como crisis natural. Este punto es central para wildbeimwild.com, porque hace visible que la caza no es la solución, sino parte del problema. El texto no se queda así en la moral, sino en la cuestión del poder, la hegemonía interpretativa y las falsas causas.

El mito de la sobrepoblación

Según el contraanálisis, la lógica oficial se basa sobre todo en las cifras de abatimientos: más extracciones deberían significar automáticamente más animales. El análisis lo califica de modelo autorreferencial, porque los elevados planes de abatimiento se basan en primer lugar en suposiciones cuestionables sobre las poblaciones, y el cumplimiento posterior de los planes sirve luego como prueba de dichas suposiciones. Tal procedimiento no demuestra una sobrepoblación, sino la predisposición política y cinegética del sistema.

Esto resulta especialmente evidente en el ejemplo del Forêt de Compiègne. Allí, el Indice Nocturne d’Abondance descendió un 50,9 por ciento entre 2006 y 2019, mientras que la cuota de abatimientos en 2020/21, pese a la reducción, nunca llegó a alcanzarse por completo. También la estructura de edad desmiente una población estable o en crecimiento: si el 90 por ciento de los ciervos rojos abatidos tiene menos de seis años, esto no es señal de poblaciones robustas, sino indicio de un empobrecimiento demográfico. Así pues, el lobby de la caza no puede anotarse puntos aquí con el relato habitual de la «densidad de fauna que se dispara».

Lo que realmente debilita el bosque

El análisis sitúa las verdaderas causas en la transformación del bosque en un espacio industrial. En lugar de bosques mixtos diversos, dominan los monocultivos, sobre todo de abeto de Douglas, abeto rojo y pino, junto con talas rasas, turnos de aprovechamiento acortados y maquinaria pesada que compacta los suelos y destruye las redes de micorrizas. No se trata de una mera cuestión de gestión forestal, sino de una intervención en el fundamento ecológico del sistema.

A ello se suma la segunda industrialización por parte de la propia caza por afición. Puestos elevados, claros, cebaderos, infraestructuras de monterías y, en algunas regiones, incluso vallas fragmentan aún más los espacios. El resultado es un bosque que ya no funciona como un ecosistema complejo, sino como un reparto entre la producción maderera y la gestión de la fauna silvestre. Es precisamente esta lógica la que agrava los problemas que pretende resolver.

La caza por afición como perturbación

El contraanálisis se apoya aquí en varios estudios de ecología del comportamiento. La presión cinegética altera los patrones de actividad, la elección del espacio y la fisiología de los animales, por ejemplo a través de un mayor estrés, una actividad nocturna y la huida hacia hábitats más densos y peores. Es el «Landscape of Fear»: los animales no reaccionan a una depredación natural, sino a la persecución humana.

Es importante la diferencia, pues la caza por afición no sustituye a ningún depredador. Los depredadores seleccionan a los animales débiles o enfermos y estabilizan así las poblaciones a largo plazo, mientras que los cazadores aficionados a menudo eliminan a individuos dominantes, visibles o aptos para trofeo. Precisamente así surgen efectos selectivos y evolutivos que poco tienen que ver con la «regulación». Y cuando los daños por ramoneo sirven como justificación para aún más caza, el argumento se desploma definitivamente en un razonamiento circular.

Ginebra como contraejemplo

Especialmente contundente es la referencia al modelo ginebrino. Desde el referéndum popular de 1974 ya no existe allí la caza por afición; la gestión de la fauna salvaje recae en guardas profesionales del cantón. Ginebra demuestra así que la gestión de la fauna salvaje funciona perfectamente sin abatimientos de ocio. Esto refuta la afirmación de que, sin la caza por afición, amenazaría automáticamente un caos ecológico.

También los ejemplos internacionales hablan en contra de la dramatización. En los Abruzos, en Białowieża o en regiones sin caza del zorro se observan dinámicas ecológicas estables o robustas, aunque haya grandes herbívoros o depredadores presentes. Lo decisivo, por tanto, no es el abatimiento generalizado, sino la integridad del hábitat.

Fuentes:

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